:: Valencia. Sara Fernández, Joel Bosch y Mirta Egea

Tras 45 años funcionando como uno de los mejores hospitales de la capital valenciana, La Fe de Campanar se ha convertido en un hospital silencioso y prácticamente ausente del mapa sanitario. Han pasado tres años desde que el gobierno valenciano decidiera cerrar el 90% de los servicios del antiguo edificio y de trasladarlos, junto con más prestaciones, profesionales y pacientes, al fuerte construido en el barrio de Malilla de Valencia. Los barrios que rodean el antiguo hospital: Campanar, Benicalap, Marxalenes, Zaidia y Tendetes, se han quedado sin uno de sus referentes. Sus vecinos han perdido derechos, y no les queda otra más que esperanza, realidad y rabia. Esperanza, la de recuperarlo algún día. Realidad, la de un macro complejo hospitalario fantasma, la de un barrio desangelado, la de un gobierno que no da respuesta. Rabia, como si la conquista de los derechos humanos hubiese caído del cielo.

En las dos plantas de crónicos, de enfermos de larga duración y terminales no hay más de 50 pacientes y cada día van disminuyendo

“Los laboratorios siguen en la antigua Fe.”

María del Carmen Fornas, auxiliar de enfermería en Malilla

Hoy, en La Fe de Campanar solo se encuentra en funcionamiento el servicio de Urgencias, el de lavandería y las dos plantas de crónicos, de enfermos de larga duración y terminales, que se encuentran en la torre de once plantas del Pabellón General. En ellas no hay más de 50 pacientes, y cada día van disminuyendo. “En cuanto no quede nada ni nadie, ellos deciden. Camparán a sus anchas por el terreno y harán lo que mejor les convenga”, cuenta Paco Llamas, presidente de la Asociación de Vecinos de Marxalenes, uno de los barrios afectados. “Es lo que pretenden. Lo están desmantelando. Es, de verdad, fantasmagórico todo aquello”, añade.  Sin embargo, y a pesar del abandono del antiguo centro sanitario, el centro neurálgico del hospital sigue en Campanar. En él se sigue haciendo medicina nuclear y se siguen tomando muestras, que son, después, trasladadas al nuevo hospital, donde los pacientes son atendidos e informados de los resultados. “Los laboratorios siguen en la antigua Fe.”, cuenta María del Carmen Fornas, auxiliar de enfermería en neonatos y una de los trabajadores trasladados al nuevo fuerte de Malilla.

La vida en los barrios afectados

La Fe de Campanar todavía conserva la dignidad arquitectónica. Eso dicen sus vecinos. Sin embargo, el conseller de sanidad, Manuel Llombart afirmaba a finales de 2013 que habría que derruir el antiguo hospital porque “no tiene sentido”.

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“Que la elección de una mayoría absoluta dependa de que puedan o no hacer lo que les dé la gana me parece de ser una democracia muy pobre”

Ignacio Subias, neumólogo y portavoz de sanidad del PSPV

Hoy por hoy no se sabe con seguridad lo que pasará con el antiguo edificio. La Conselleria de Sanidad ha anunciado varias veces el posible derribo del Hospital, ya que “no es utilizable”. El secretario y portavoz de Sanidad del PSPV en las Cortes Valencianas, Ignacio Subias, se pregunta sobre la actitud que se muestra desde Conselleria. “¿Decir que eso no es utilizable y tienen en estos momentos a 50 pacientes metidos ahí?”. “Que la elección de una mayoría absoluta dependa de que puedan o no hacer lo que les dé la gana me parece de ser una democracia muy pobre”, reflexiona Subias.

El portavoz socialista dice estar convencido de que el antiguo edificio de La Fe se puede rehabilitar. También el presidente de la asociación de vecinos del barrio de Marxalenes, Paco Llamas, quien afirma que una de las excusas que ponen para su derrumbe es la de la aluminosis. “Me da la impresión de que tiraran todo, y si lo tiran abajo, obra nueva y por lo tanto: más dinero”, cuenta Llamas. “Parece ser que quieren hacer un hospital más pequeño en el solar de la antigua Fe, es lo que nos llueve de la prensa”, añade.

 “La Fe ha sido siempre un centro de referencia, ya que de él han salido los mejores médicos de Valencia”.

Doris Estela, enfermera jubilada de La Fe de Campanar

Doris Estela es una enfermera ya jubilada. Trabajó en la Fe de Campanar desde el año 1971, y cuenta que, cuando ella ejercía, La Fe era el hospital más joven y moderno de toda la ciudad de Valencia. Además asegura que “ha sido siempre un centro de referencia, ya que de él han salido los mejores médicos de Valencia”.

La calidad ha sido siempre el punto fuerte del centro hospitalario, asegura la ex enfermera. Y, tanto ella como otros muchos trabajadores, trasladados hoy al nuevo solar de Malilla, o incluso despedidos; además de vecinos de los barrios afectados, muestran su dificultad para comprender que nadie antes se hubiera parado a pensar en los efectos que tendría acabar con un equipado macro complejo como es La Fe de Campanar. Un hospital que funcionaba con gran éxito desde 1969, el año de su construcción.

Tras el cierre del centro hospitalario, en los barrios que rodean el antiguo hospital, se han producido diversos cambios que están afectando a día de hoy a la convivencia entre los vecinos y a la salud del ambiente. Se está perdiendo población y se están cerrando comercios. La muerte anunciada del macro complejo sanitario está destruyendo la microeconomía de los barrios que lo rodean. También el ánimo. Paco Llamas asegura que muchos vecinos han acudido a la asociación para quejarse del “deprimente” aspecto de las calles que rodean el antiguo hospital. “Lo que no puede ser es que no puedas volver sola a tu casa tranquila por la noche porque detrás de la Fe, en la avenida de Campanar, no hay ni siquiera luz en las farolas”, comenta Andrea García, una joven vecina del barrio. “Da verdadero miedo. No sé, quizás sea para que no se vea lo que hay allí”, reflexiona Llamas.

Se está perdiendo población y se están cerrando comercios. La muerte anunciada del macro complejo sanitario está destruyendo la microeconomía de los barrios que lo rodean. 

Para los vecinos, trabajadores y para todo aquel que se para a observar los alrededores del macro complejo, la sensación es de abandono, dejadez y despilfarro. “El material se dejó abandonado una vez se efectuó el traslado. Cuando lo cerraron, me acuerdo que entré y vi aquello por dentro. En los quirófanos se quedó todo tirado por el suelo: los trapos verdes estériles y los instrumentos que se utilizan para las operaciones. Y las camas estaban unas encima de otras. Todo”, cuenta Doris Estela. La ex enfermera reflexiona sobre el “dineral” que se ha quedado sin utilizar y que “seguramente ya no servirá”. En la entrada principal del centro y en todo el recinto se pueden ver los síntomas del abandono: el deterioro de los edificios, de las aceras y del asfalto, de los arbustos y otras plantas que rodean la fachada. Las puertas de la entrada principal se encuentran semi abiertas, las une una cadena y un candado, pero el aire las mueve y el polvo y las hojas secas entran y salen del edificio. A través de ellas se puede ver oscuridad, suciedad y todo el material sanitario abandonado: camillas atravesadas, sillas de ruedas, ropa de cama e incluso cajas de medicamentos por el suelo.

A esta sensación de abandono y despilfarro se ha añadido la dejadez que ha traído consigo la prostitución ilegal que, según los vecinos, se ejerce de madrugada en la Calle Joaquín Ballester y en la Avenida de Campanar, dos travesías de rodean el antiguo hospital. Además de las filas de toxicómanos que se forman cada mañana, sobre el medio día, en el dispensario de metadona, ya que, no queda apenas seguridad en el recinto y ya han sido varios los altercados. “Cada mañana hay como unas quince personas esperando su dosis de metadona. Algunos con una actitud deplorable”. Así lo hacía ver Celia Trillo, una joven vecina del barrio de Campanar. Este dispensario  tenía previsto trasladarse al barrio de Benicalap, pero debido al rechazo de una parte de los vecinos, La Casa de la Caridad del barrio presentó el pasado 12 de junio el que sería su nuevo centro socio sanitario dedicado a atender a familias sin recursos y convalecientes. Centro de acogida, comedor y guardería, pero sin dispensario de metadona ni atención a toxicómanos. Es por ello que los vecinos de los barrios que rodean la antigua Fe siguen preocupados por el fututo del dispensario que sigue funcionando en el macro complejo fantasma.

La dejadez también se hace ver a través del cierre de muchos de los comercios que vivían del frenesí que acompañaba un centro de tal magnitud como fue La Fe de Valencia. Establecimientos que se nutrían del hospital en vida. “Yo vivo al lado de la antigua Fe y he visto como han cerrado bares y floristerías cercanas. Ha cerrado hasta el Bingo”, cuenta Celia Trillo. La Cafetería Tomás, el Bar Boxes, una pequeña floristería situada al lado del centro hospitalario. Todos funcionaban, se nutrían del hospital, y hoy todos han cerrado. La persiana está abajo y ya no hay nadie a quién poder preguntar por el porqué del cierre de su establecimiento. “El barrio está hecho un desastre”, añade la joven. Resulta desconcertante para aquellos que se acercan a la zona del hospital, como en un sitio que antes se caracterizaba por el bullicio de la gente –médicos, pacientes, comerciantes…– hoy reina el silencio.

“Hay que hacer siempre la ciudad a la altura de los niños, porque una ciudad hecha a la altura de los niños está hecha para todos.”

Fent Estudi, un grupo de arquitectos y sociólogos valencianos han planteado propuestas, elaboradas junto a los vecinos, para revitalizar los barrios. “Los entornos hay que hacerlos agradables. Hay que hacer siempre la ciudad a la altura de los niños, porque una ciudad hecha a la altura de los niños está hecha para todos”, dice Ignacio Subias a propósito del “abandono” generalizado de los barrios. “Donde un niño se puede desenvolver, nos podemos desenvolver cualquiera de nosotros”, añade.

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“Queremos poder ir a un hospital público y próximo sin que nos pongan trabas.”

“Marxalenes es un barrio atípico y apático. Si vas por la calle no notas que la gente tenga problemas. Y hay problemas, claro que los hay.”

Paco Llamas, Presidente de la Asociación de vecinos del barrio de Marxalenes

Paco Llamas cree que son muy pocos los vecinos que salen a manifestarse por el abandono del barrio y del hospital. “Se ha protestado cuando ya estaba hecho el traslado, a toro pasado. En Madrid se han movilizado mucho antes y han conseguido parar la privatización”, dice el cabeza de la asociación vecinal de Marxalenes. “Con esto no quiero decir que se deje de ‘dar la vara’, porque no queremos que lo derriben”, añade. “Queremos poder ir a un hospital público y próximo sin que se nos pongan trabas”, concluye. Llamas opina que se encuentra en un barrio muy diferente a los demás. “Marxalenes, por ejemplo, es un barrio atípico y apático”, dice. “Si vas por la calle no notas que la gente tenga problemas, no lo dice, no comunica”, añade. Además, Llamas compara estos barrios “bajos de autoestima” con barrios como Ruzafa, “más combativos”. “Salen más a la calle, se comprometen, es diferente. Aquí eso no pasa. ¿Cuánta gente viene aquí a la asociación a quejarse de algo? Casi nadie. Y hay problemas, claro que los hay. Lo mismo pasa con las manifestaciones en contra del cierre de La Fe de Campanar”, concluye.

A pesar del desencanto generalizado y del bajo ánimo de estos barrios, todavía hay establecimientos que funcionan. Y lo hacen, sobre todo, gracias al tirón del centro comercial Nuevo Centro, situado enfrente del macro complejo sanitario, y a los dos colegios e institutos que han visto crecer a las mismas generaciones que el hospital La Fe. Los bares-cafetería Pensat i Fet y Sabores son dos de los supervivientes. A pesar de estar prácticamente pegados al antiguo edificio sanitario, reciben cada día nuevos clientes prominentes de otros pequeños comercios cercanos, como charcuterías, peluquerías y talleres; de vecinos de la misma calle, o de los colegios de los alrededores, entre ellos el colegio Maria Inmaculada Teatinas y el instituto San Juan Bosco.

El fin del hospital de referencia valenciano en el barrio de Campanar tampoco tuvo en cuenta el desarrollo del sistema de transportes públicos que se había adecuado a la ubicación del centro hospitalario. 

El fin del hospital de referencia valenciano en el barrio de Campanar tampoco tuvo en cuenta el desarrollo del sistema de transportes públicos que se había adecuado a la ubicación del centro hospitalario. Paradas de metro, de tranvía y líneas de autobús creadas para hacer más fácil el acceso al centro hospitalario hoy siguen en el barrio, pero sin hacer de ellas el uso para el que se crearon: dar cobertura al hospital y hacer fácil el acceso a los pacientes y trabajadores. “El personal que trabajaba en la antigua Fe y que fue trasladada hace tres años al nuevo hospital tiene que levantarse una hora y media antes para llegar al hospital a su hora”, cuenta Doris Estela.

“Tengo osteoporosis. Me duelen los huesos al andar. A veces, tener que hacer una hora de trayecto en bus hasta Malilla me complica un poco las cosas.”

María Díaz, vecina del barrio de Marxalenes – Tendetes

María Díaz acaba de cumplir 69 años. Es vecina del barrio de Marxalenes-Tendetes. Tiene osteoporosis, y para ella es un “suplicio” ir hasta la nueva Fe. “Me duelen los huesos al andar. Puedo soportarlo, pero a veces, tener que hacer una hora de trayecto en bus hasta Malilla me complica un poco las cosas. Voy porque no tengo más remedio, es allí donde ahora llevan un control de mi enfermedad, pero me cuesta”, cuenta María mientras espera el autobús junto a su marido. “Además, esta línea de bus no te puedes hacer una idea de lo que tarda y las vueltas que da”, añade. María habla de la línea 8 de autobús, una línea que se remodeló con la creación de la nueva Fe y que enlaza el antiguo hospital con la estación de autobuses, la estación del Norte y la nueva Fe.

Hablamos de una ruta de 8’05 kilómetros en autobús, de 52 minutos en condiciones normales, sin tráfico. Desde primera hora de la mañana, son prácticamente todas personas de avanzada edad las que esperan este autobús, y prácticamente el 100% o van a algún ambulatorio un poco alejado del barrio, como es el caso del centro de la Calle Alboraya, o bien van a la Fe de Malilla. Ignacio Subias reflexiona sobre este hecho: “Personas jóvenes se pueden permitir ir en autobús de pie hasta allá, pero ¿y si le toca ir de pie a una persona mayor?, ¿o a un enfermo?, ¿y una urgencia?”. “Por no hablar del taxi. No todo el mundo puede gastarse ese dinero en transporte. Y si le piden a algún familiar que les lleve hasta Malilla, esta pierde prácticamente una jornada laboral”, añade el neumólogo. “Es complicado”, concluye. A pesar del enfado generalizado, son pocos los manifestantes, “unas cien personas aproximadamente”, cuenta Llamas.

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 La línea 8 de autobús, una línea que se remodeló con la creación de la nueva Fe y que enlaza el antiguo hospital con la estación de autobuses, la estación del Norte y la nueva Fe.

Una ruta de 8’05 kilómetros en autobús, de 52 minutos en condiciones normales, sin tráfico.

Tanto los vecinos de los barrios como los de la ciudad de Valencia en general afirman que se está especulando con el suelo, que todo se trata de negocios financieros. La diputada Mónica Oltra, de Compromís, acusó en 2011 a la Generalitat de “desidia”. Hoy se reafirma, ya que, es miedo e inseguridad, dice, lo que supone este nuevo panorama en la sanidad valenciana. Tanto para el barrio de Campanar como para todos los que rodean la antigua Fe, y también para aquellos pacientes instalados “cómodamente” en las nuevas instalaciones. Además, “el nuevo hospital no tiene licencia”, cuenta Ignacio Subias. “El esquema sanitario de la ciudad no funciona”, añade el neumólogo. Es lo que, sin duda alguna, de momento, queda claro de toda esta historia rocambolesca. Un hospital abandonado, otro nuevo pero sin licencia y con más problemas de los que podría tener el antiguo. “Una compañera que trabaja en el nuevo hospital me dijo que este verano no podrían coger vacaciones porque no contrataban a nadie, y aún así faltaría personal”, cuenta la enfermera Estela. “Y le dije: ‘¿Cómo os las arregláis?’. Ella me contestó: ‘Cerrando habitaciones y mandando gente a otros hospitales’”, añade.

“Una compañera que trabaja en el nuevo hospital de Malilla me dijo que este verano no podrían coger vacaciones porque no contrataban a nadie, y aún así faltaría personal. Y yo le dije: ‘¿Cómo os las arregláis?. Ella me contesto: ‘Cerrando habitaciones y mandando gente a otros hospitales’.”

“El esquema sanitario de la ciudad no funciona.”

Los olvidados

Mientras la Conselleria de Sanidad mantiene el antiguo hospital bajo mínimos, la Comisión Cívica para el retorno del Hospital La Fe de Campanar congrega, cada mes, a un centenar de personas que reclaman el uso sanitario de las antiguas instalaciones. Uno de sus portavoces, Matías Alonso, del barrio de Benicalap, explica que todos los vecinos se han quedado sin ninguna alternativa sanitaria en el barrio. “300.000 personas son víctimas de un hecho consumado que ni por asomo esperaban. La gente se alegraba de que construyeran un nuevo hospital, porque pensaban que aquello iba a desmasificar La Fe de Campanar. Lo que nadie esperaba es que lo fueran a cerrar completamente”, cuenta Alonso. “La alternativa que nos dan es la destrucción de un complejo que no pertenece a quien gobierna hoy, sino a los ciudadanos”, añade.

 La Comisión Cívica para el retorno del Hospital La Fe de Campanar congrega, cada mes, a un centenar de personas que reclaman el uso sanitario de las antiguas instalaciones.

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Los componentes de la comisión reclaman un derecho que se les ha visto arrebatado. Al igual que los trabajadores y ex trabajadores de La Fe, que se reúnen también una vez al mes para manifestarse en contra del cierre de las antiguas instalaciones. Así lo contaba Doris Estela: “Queremos que se reabra el antiguo hospital, y de ahí las concentraciones. Todos los que trabajamos un día allí pensamos que han hecho uno nuevo y más moderno porque su intención es privatizar el antiguo edificio, y no queremos que eso pase”.

“Mi marido pagó la Seguridad Social para tener una vejez digna, pero ahora parece que lo viejo ya no sirve para nada, y por eso nos traen aquí, a estas dos plantas, a este hospital que consideran que tampoco sirve y que es donde mandan a los enfermos terminales, porque aquí vienen a despedirse”. Así relataba su historia la mujer de un enfermo de cáncer al diario Levante-EMV. Los enfermos crónicos, terminales y de larga duración son los otros olvidados, los supervivientes que han quedado en el antiguo edificio. Sus familiares reprochan a la alcaldesa de Valencia, Rita Barberà, la falta de sensibilidad al consentir que la ciudad pierda un hospital como es La Fe. Se sienten enfermos de “quinta regional”.

El antiguo edificio no hay más de 50 pacientes crónicos y sus familiares aseguran que es “aterrador” pasar la noche allí, ya que todo el hospital está iluminado, y si sales a la calle no hay nadie.

Ignacio Subias recuerda las palabras del que en su momento fue conseller de sanidad, Rafael Blasco: “Una de las actuaciones más importantes de este proyecto es que actualmente debido al envejecimiento de la población y el incremento de las enfermedades crónicas es cada vez más necesario ofrecer asistencia sanitaria especializada a distintos enfermos crónicos”. El viejo edificio continuaría prestando de esta manera servicios tras su traslado a Malilla y se convertiría en un centro de atención de crónicos. Sin embargo, en el antiguo edificio no hay más de 50 pacientes crónicos y sus familiares aseguran que es “aterrador” pasar la noche allí, ya que todo el hospital está iluminado, y si sales a la calle no hay nadie. Estos enfermos son junto con los vecinos, los otros olvidados.

45 años de historia

“Los terrenos de La Fe se expropiaron en los años 60”, cuenta Paco Llamas. “Se dejaron expropiar con la condición de que fuera una zona hospitalaria. En el momento en que los terrenos dejan de ser Hospital, los antiguos dueños pueden reclamar, porque ya no se está utilizando para el fin con el que se expropió”. Doris Estela cuenta que la antigua Fe pertenece a una familia que donó el terreno única y exclusivamente para hacer un hospital. “Eso está firmado ante notario”, dice. Y, a pesar de que los terrenos hoy son de titularidad del Estado, “los bisnietos de los que lo donaron siguen teniendo decisión sobre qué hacer con estas infraestructuras”, cuenta Doris.

El hospital La Fe comienza a construirse en 1968. Los terrenos elegidos para su emplazamiento se encontraban entre el Polígono de Campanar y la acequia de Mestalla, en un tramo cercano a la carretera de Burjassot. Para poder ubicar el centro sanitario y sus accesos, fue necesario desviar las acequias de riego y expropiar algunos terrenos privados colindantes. Por ello, uno de los primeros problemas en surgir fue el del desalojo de las familias que vivían en siete viviendas que ocupaban este terreno. La mayoría de los propietarios de estas casas aceptó sin problemas la indemnización que les ofreció el Ministerio de Vivienda por expropiar sus casas. A excepción de los dueños de una vaquería y una fábrica de encurtidos, que pusieron una condición para ceder sus terrenos: trabajar en el centro hospitalario.

La Orden Ministerial que regulaba la obtención de plaza de trabajo en la entonces llamada Ciudad Sanitaria La Fe, estipulaba como condición para optar a estos puestos de trabajo ser menos de 40 años de edad. En el caso de los propietarios que pidieron trabajo a cambio de ceder sus terrenos, hubo que hacer una excepción ya que superaban los 40 años de edad y se negaban a desalojar sus casas si no veían cumplidas sus condiciones.

El Instituto Nacional de Previsión aprobó un presupuesto de 870.588.450 pesetas para la construcción de este centro sanitario, poco más de 5 millones de euros. Con este dinero se llevaron a cabo las obras para levantar la Residencia General, el aparcamiento, el Servicio de Urgencia, almacenes adaptados para isótopos radioactivos, la Escuela de Enfermeras y Matronas, la Maternidad, el Hospital Infantil, los almacenes generales, los laboratorios de investigación y el Centro de Investigación.

870.588.450 pesetas para la construcción de este centro sanitario, poco más de 5 millones de euros. 

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A la hora de elegir un nombre para esta nueva ciudad sanitaria, el Doctor Vicente Luis Peris Carpena, Jefe Provincial del Seguro Obligatorio de Enfermedad sugirió en 1966 buscar una denominación sencilla y fácil de recordar como La Paz. La solución la aportó el Doctor Don Manuel Pérez Sánchez, Secretario del Consejo de Administración del Instituto Nacional de Previsión (I.N.P.), quien, comentando esta idea con su familia recibió la ayuda de su suegra de 70 años, que contesto que más corto que “La Paz” solo podría ser “La Fe”.

Platón, el filósofo griego (427 a.C. – 347 a.C.), decía que “la peor forma de injusticia es la justicia simulada”. Esta es la sensación que tienen los vecinos de los barrios que rodean la antigua Fe después de que se hiciera real el traslado de su hospital y quedara abandonado el antiguo edificio. La sensación de una “justicia simulada”. Tienen hospital, pero las condiciones no son las mismas. Lo que para unos fue un éxito, para otros supuso el alejamiento de una prestación, y con ella un derecho. Se han despedido trabajadores, se han trasladado pacientes, profesionales y material, y han dejado sin ánimo a sus barrios.

Son barrios que, a pesar de su lucha, y sin respuesta de los altos cargos, pierden día a día la esperanza. Se han convertido en los barrios sin Fe.

Video Promocional del reportaje “Los barrios sin Fe” 

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